Lejos de allí, en lo alto de un rascacielos que parecía desafiar al cielo mismo, Julián Altamirano estaba sentado tras su enorme escritorio.La puerta se abrió sin aviso. Sin esperar, sin golpes, sin ceremonias.—Pasa, Gerardo —dijo Julián, sin levantar la vista.Gerardo Larios, su mejor amigo, abogado de confianza y mano derecha desde hacía más de una década, entró con paso firme.Tomó asiento frente a él, apoyando los codos sobre sus rodillas, listo para escuchar.—¿Qué sucede? —preguntó directo, sin rodeos.Julián no se levantó, no sonrió, no se permitió un gesto que indicara comodidad. La frialdad de su voz cortó el aire.—Voy a casarme.Las palabras golpearon a Gerardo como un martillo.Durante años había visto a Julián manejar negocios imposibles, esquivar enemigos y dictar el destino de millones con la frialdad de un general en batalla. Pero esto… esto parecía distinto. No solía tomar decisiones impulsivas, además, conocía a cualquier mujer que se acercaba, hasta ahora ninguna p
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