Julián Altamirano apretó los dientes cuando vio el brillo de la navaja.
Su cuerpo aún dolía por la paliza que los matones de Esteban le habían propinado el día anterior, pero en ese momento, el dolor se convirtió en combustible.
No iba a morir en ese agujero. No iba a dejar a su hija Lucero ni a Elyna.
El hombre se lanzó con un tajo ascendente, pero Julián, con un reflejo nacido del instinto de supervivencia, se hizo a un lado.
Antes de que el hombre pudiera recuperar el equilibrio, Julián lanzó