El motor del coche rugió como una bestia herida en el estacionamiento de Altamirano Corp.
Esteban Senegal, fuera de sí, con la mirada desorbitada y el alma corroída por el despecho, arrojó al pequeño Elías al asiento trasero con una brusquedad que hizo que el niño golpeara su cabeza contra la ventanilla.
El chofer, un hombre que había servido a la familia durante años, intentó intervenir al ver el estado de su patrón.
—Señor, por favor, no está en condiciones de conducir... —alcanzó a decir. —¡L