VALENTINAEl almacén olía a salitre, madera podrida y a la humedad que se filtraba del mar cercano. Tras el shock inicial, la rabia y el ofrecimiento absurdo de Bellini de dejarse golpear, un silencio pesado se había instalado. Él se levantó, buscó en una bolsa de papel arrugada y sacó dos cajas de cartón. Las colocó sobre una caja de madera que hizo de mesa improvisada.—Empanadas de carne —dijo, abriendo una—. Y por aquí, pizza de pepperoni. Tome. —Me deslizó una caja y una lata de cola fría hacia mi lado de la “mesa”. Luego, se sentó de nuevo, a una distancia que ya no era la de un interrogador, pero tampoco la de un amigo.Mis manos, ya libres de las esposas, temblaban levemente. El aroma de la comida, tan mundano, tan fuera de lugar aquí, despertó un hambre visceral que me avergonzó. Comí en silencio los primeros bocados, evitando su mirada. Él hizo lo mismo. El sonido del mar rompiendo en la playa era el único acompañamiento.—Sabe —dijo él al fin, tomando un sorbo de su refresc
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