VALENTINAEl papel del desalojo ardía en mi bolsillo, un carbón vivo que consumía mi resignación y la convertía en una brasa de ira pura. No esperé. No podía. Cada minuto era un grano de arena que se escapaba en el reloj de arena de nuestro destino.Crucé el patio con paso rápido, decidido, ignorando las miradas curiosas de los niños que jugaban con los escasos juguetes no quemados. Mi objetivo era la puerta principal, la calle, la ciudad, y en ella, la guarida del lobo.—¡Hermana Valentina!La voz, aguda y cargada de alarma, me detuvo en seco. Sor Clara, se interpuso en mi camino.—¿A dónde va? La madre Agnes dijo que nadie salga sin permiso después de… de lo de la otra vez.La miré. No vi a una compañera, vi otro eslabón en la cadena de miedo que nos aprisionaba.—Voy a ver a Dorian Martinelli —dije, y mi voz sonó clara, cortante, en el aire quieto—. Voy a reclamarle lo que ha hecho. Y no me da miedo que se lo digas a todas, Sor Clara. Dile a la madre Agnes, dile al padre Vittorio,
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