El silencio que siguió a la línea plana en el monitor de Maximilian no duró más que unos segundos de terror puro. Los médicos, bajo la mirada de Vargas, descargaron el desfibrilador una y otra vez hasta que el pulso regresó, débil y errático. Cassandra coordinó la evacuación inmediata. En medio de la noche, un helicóptero sacó a Maximilian de aquella clínica de mala muerte hacia la capital, mientras una ambulancia blindada trasladaba a Lysandra bajo una vigilancia que no admitía errores. En ese despliegue de poder y urgencia, nadie volvió a pensar en Adrián. Lo dejaron atrás, abandonado a su suerte en la cabaña, como un desecho que ya no era útil para nadie.Adrián recuperó la conciencia en medio de la mugre y el frío. Estaba solo, con el cuerpo destrozado y la mandíbula apretada por la fiebre, aun atado a los tubos del agua en la cabaña donde tuvo a Lysandra. La puerta de la cabaña se abrió con un crujido. Un hombre de campo, movido por la curiosidad de los ruidos nocturnos, entró co
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