El traslado de Vania al centro psiquiátrico de Montevideo no fue el final de su condena, sino el inicio de su nueva estrategia de supervivencia. Al cruzar el umbral del edificio, el olor a humedad y orina estancada la recibió como una bofetada, pero ella no mostró asco. Fingiendo estar mentalmente aislada, observó a los internos que deambulaban por los pasillos con miradas vacías y cuerpos encorvados por el exceso de medicación, y supo que ese era el camuflaje perfecto.
—Es una paciente de alta