Vania se reincorporó en la cama, ignorando el frío que se colaba por las rendijas de la ventana. Observó la espalda de Adrián mientras él se abrochaba el cinturón con movimientos mecánicos. El desprecio que él emanaba era casi tangible, pero a ella no le importaba. En su mente, Adrián no era un hombre, ni siquiera un antiguo amante; era una pieza de artillería pesada que pensaba disparar contra el muro de cristal que protegía a Lysandra.
—No pongas esa cara de mártir, Adrián —le dijo Vania, enc