Al girar la imagen, sus dedos temblaron. En el reverso, una caligrafía elegante pero afilada, una que Lysandra reconoció al instante a pesar de que la dueña de esos trazos, Vania, llevaba meses bajo tierra, dictaba una última sentencia desde el pasado:"La seda no puede ocultar lo que siempre fuiste. No eres una santa, solo eres una víctima con dinero".Lysandra apretó el papel, sintiendo cómo el borde afilado le cortaba la piel de los dedos. Era una imagen robada, un momento de miseria que ella misma había bloqueado en su memoria. Maximilian se acercó con paso rápido y le arrebató la fotografía. Al leer la inscripción, su mandíbula se tensó y sus ojos se oscurecieron con una furia contenida por la osadía de un fantasma que se negaba a descansar.—Es la letra de Vania —sentenció Maximilian, lanzando la foto sobre la mesa de mármol como si fuera basura infectada—. Reconocería esos trazos en cualquier parte. Es el mismo estilo que usaba para humillarte en las notas que dejaba y en los m
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