La luz del amanecer en Montevideo entró por los ventanales de la mansión con una claridad que lastimaba. Lysandra se despertó con la sensación de que el mundo, por fin, guardaba silencio. La propuesta de Maximilian en la playa seguía vibrando en su mente, era una idea que antes habría descartado como una locura y que ahora, bajo las sábanas de seda, se sentía como el único norte posible. Se giró para observar a su esposo, quien dormía con una calma que solo mostraba ante ella. El hombre que el mundo temía era, en la intimidad, el único puerto seguro que Lysandra había conocido.Sin embargo, el destino no suele permitir que las deudas se olviden tan fácilmente.Esa tarde, mientras Maximilian atendía llamadas en su despacho, Lysandra bajó al salón principal. Imperial Textiles funcionaba como un reloj, y por primera vez en meses, ella no sentía la urgencia de revisar cada factura. Se detuvo frente al retrato de su madre, observando aquellos ojos que tanto se parecían a los suyos.—Señora
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