Sobre la mesa de centro de roble, descansaba una carpeta negra y un fajo de billetes sellados al vacío que Cassandra le entregó al tiempo que le expuso, sin tapujos ni adornos, su propuesta. El dinero esperaba ahí, presionando entre la razón, la moral, la ética, y la necesidad del galeno por el dinero. Punzaban por esa decisión final para sellar un pacto que le daría el vuelco a una larga temporada de maldad que hasta ese día no había alcanzado sino éxitos, en detrimento de un ser tan noble como Lysandra.—Esto es un suicidio legal, señoras De La Fontaine y Conte —balbuceó Olmedo, con la voz quebrada por el nerviosismo. —Valerius —Lo corrigió Lysandra.El galeno sacudió la cabeza.—Como sea, para la locura que me están pidiendo, da igual con mala llame si ya está muerta —adujo con sarcasmo—. Firmar un acta de defunción de una mujer que sé que está viva… ¡Por Dios! Será mi sentencia, me van a quitar la licencia. Si la policía investiga el origen de la supuesta enfermedad, no tendré c
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