El MS Antares comenzó a reducir su marcha, y el cambio en la vibración del suelo fue tan sutil que solo alguien cuya vida dependiera de los sentidos, como Alaric, o alguien cuyo miedo la mantuviera en un estado de hipervigilancia, como Isolde, podría haberlo notado. El ronroneo profundo de los motores se transformó en un gemido sordo, una nota baja que parecía rebotar en las paredes metálicas del pasillo. Isolde apretó a Phoenix contra su pecho; el niño estaba ahora en un silencio absoluto, una quietud que resultaba casi más aterradora que su anterior agitación.Alaric se detuvo frente a la pesada puerta que daba acceso a la cubierta exterior. Su mano, firme y grande, se posó sobre la manija de acero, pero no la giró de inmediato. Se quedó allí, estático, escuchando el viento que silbaba a través de las rendijas. El aire que se filtraba olía a muchas cosas a la vez: a combustible quemado, a la salinidad pesada del Mediterráneo y, muy al fondo, a ese aroma a tierra seca, especias y pol
Leer más