El sumergible emergió en las aguas mansas de un fiordo recóndito, lejos de la furia volcánica y el estruendo de la guerra. El silencio que siguió al cese de los motores fue casi irreal, una paz tan profunda que resultaba dolorosa. Isolde permanecía sentada en el suelo de la cabina, con la espalda apoyada en el panel de instrumentos, meciendo al pequeño Phoenix mientras Julian dormía con la cabeza apoyada en su hombro. El bebé, con sus ojos grises fijos en ella, parecía ser el único testigo cons