El viaje a través de las venas de asfalto de los Apalaches se sentía como una huida hacia el fin del mundo, pero para Isolde, cada kilómetro recorrido era una contradicción de dolor y esperanza. En el asiento trasero, Julian descansaba con la cabeza apoyada en el regazo de la Dra. Sterling, su respiración era un silbido tenue que marcaba el ritmo de la angustia de su madre. Isolde, sin embargo, no podía apartar la vista del horizonte oscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos.A pesar de la urgencia del escape, el corazón de Isolde estaba atrapado en el pasado, reviviendo cada roce y cada palabra que Alaric le había dedicado antes de que el fuego de Bedford los separara. La novela de sus vidas no era una de flores y promesas dulces, sino una escrita con sangre y sacrificios en la penumbra. Se tocó el vientre, donde la pequeña chispa de vida crecía con una intensidad que la asustaba. Era un lazo físico, una promesa carnal de que Alaric, de alguna manera, seguía con el
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