El sótano debajo de la tienda de antigüedades del Dr. Aris era un espacio detenido en el tiempo, saturado de una atmósfera que oscilaba entre lo sagrado y lo clandestino. El aire era denso, cargado con el olor de los pergaminos antiguos, el aceite de cedro y un rastro metálico de equipos quirúrgicos esterilizados. Pero sobre todo ese aroma a historia, predominaba el calor que emanaba de los cuerpos de Alaric e Isolde, una vibración eléctrica que parecía consumir el poco oxígeno del lugar. Habían logrado entrar justo antes de que el toque de queda de las milicias locales cerrara las calles de El-Attarine, y ahora, tras el estruendo de los muelles, el silencio del refugio se sentía como una caricia física, casi dolorosa.Isolde se encontraba sentada en un diván de terciopelo raído, con el pequeño Phoenix descansando finalmente en una cuna de mimbre a pocos metros, vigilada por el anciano doctor. Su respiración, antes agitada por la huida, empezaba a normalizarse, pero cada vez que sus o
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