La barcaza de Omar se deslizó con una lentitud casi agónica hacia el muelle de las curtidurías. El aire aquí era distinto al del canal abierto; era una masa sólida y pegajosa, saturada por los vapores ácidos del curtido de pieles, el amoníaco y un rastro persistente de materia orgánica en descomposición. Era un olor que se pegaba a la ropa, a la piel y, sobre todo, a la garganta. Isolde sintió una punzada de náuseas, pero la reprimió de inmediato, concentrando toda su voluntad en el pequeño bul