La Prisión de Alta Seguridad de Belmarsh no olía a miedo, como decían las películas. Olía a repollo hervido, a desinfectante industrial barato y a sudor rancio de hombres que habían perdido la esperanza de volver a tocar a una mujer.Para Arthur Windsor-Windham, ex Duque de Salisbury y actual recluso número 8940, el olor era una ofensa personal diaria.Eran las diez de la mañana. Arthur estaba en su celda, un cubo de hormigón de tres metros por dos que compartía con un traficante de armas albanés que roncaba como un motor diésel. Arthur estaba sentado en el borde de su catre, puliendo sus zapatos de reglamento con un trozo de tela vieja.Había perdido peso. Su traje de presidiario, amarillo y verde, le colgaba de los hombros. Su cabeza, antes coronada por rizos rubios perfectos, estaba rapada al cero, revelando la forma huesuda de su cráneo y una cicatriz infantil en la nuca que nadie había visto en treinta años. Sin su cabello, sin su ropa y sin su bronceado de Gstaad, Arthur parecía
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