Londres olía a lluvia reciente y asfalto mojado, un aroma que para la mayoría era sinónimo de melancolía, pero que esa noche, para Joe Kensington y Maxxine Cavendish, olía a libertad.
Habían dejado el Aston Martin y el Mercedes blindado en el garaje de la torre. Esa noche no necesitaban blindaje ni caballos de fuerza. Habían tomado un taxi negro, anónimo y común, y le habían dado al conductor una dirección que no aparecía en las guías Michelin ni en las revistas de sociedad.
Tony’s Trattoria no