La autopista M40 se había convertido en una cinta negra interminable bajo los faros del Aston Martin. Londres había quedado atrás, un resplandor anaranjado en el espejo retrovisor que se desvanecía con cada kilómetro que devoraban hacia el oeste.Dentro de la cabina, el único sonido era el ronroneo bajo del motor V12 y la respiración entrecortada de Joe.Maxxine conducía con las manos aferradas al volante, sus nudillos blancos por la tensión. La euforia de la huida se había evaporado, dejando en su lugar una realidad fría y pesada: eran fugitivos. Ella, la CEO de un imperio global, y él, su ex-marido auditor, acababan de agredir a un miembro de la realeza británica y huir de la escena del crimen.Miró de reojo a Joe. Él tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla fría, los ojos cerrados. Su rostro, iluminado intermitentemente por las farolas de la autopista, estaba pálido, casi gris. La sangre de su labio se había secado, formando una línea oscura y quebradiza, y sostenía su costado
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