Verónica caminaba de un lado a otro en su habitación, mordiéndose la uña del pulgar, impaciente. Había logrado expulsar a Valentina, sí, pero había un cabo suelto que le molestaba como una piedra en el zapato: no sabía dónde estaba. Valentina no se lo había dicho a nadie, y el silencio de su hermana era inquietante.—¿Dónde te has metido, hermanita? —murmuró con malicia.La curiosidad pudo más que ella. Marcó el número de Valentina, esperando que la línea estuviera muerta o que no contestara.En el Penthouse, Valentina estaba tratando de conciliar el sueño cuando el zumbido de su teléfono la sobresaltó. Al ver el nombre "Verónica" en la pantalla, sintió una arcada. Colgó de inmediato y resopló, volviendo a acomodarse entre las sábanas. Pero el teléfono volvió a sonar, insistente, molesto, como el aleteo de una mosca que se niega a irse.—¡Por Dios! —exclamó Valentina, poniendo los ojos en blanco. Finalmente, contestó con brusquedad—. ¿Qué es lo que quieres ahora? ¿Por qué te atreves a
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