Valentina no permitió que las palabras de su hermana la hundieran más en el lodo. A pesar de que el suelo bajo sus pies parecía estar hecho de cristal roto, se obligó a sostener la mirada de Verónica. La rabia, antes una llama pequeña, estalló en su pecho como una supernova.—No vas a ser como yo, Verónica —escupió Valentina, y su voz, aunque cargada de dolor, no tembló—. Puede que te corroa la envidia por las venas, que la sientas en cada respiración, pero eso no será suficiente para alcanzar mi potencial. El talento no se hereda por decreto, ni se roba ocupando una silla. Aun así... te deseo lo mejor. Y deseo que, algún día, realmente aprendas a ser una buena persona.Sin esperar la respuesta de su hermana, Valentina giró sobre sus talones. Salió de la oficina con el corazón enloquecido, intentando seguirle el paso a una situación que la descompensaba por completo. Mantener un ritmo tranquilo era un desafío imposible cuando el aire se sentía espeso de traición e injusticia.Al salir
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