Y como si el toque de Declan sobre su vientre fuera un hierro al rojo vivo que la hubiera despertado de un trance, Valentina se levantó de la silla con un movimiento brusco. La silla chirrió contra el suelo de mármol, rompiendo la intimidad del momento y sorprendiendo al hombre, que aún mantenía las manos suspendidas en el aire, donde segundos antes había estado el calor de ella.
—Es suficiente, ya lo entiendo —soltó ella rápidamente, las palabras atropellándose en su boca por el nerviosismo—.