Verónica caminaba de un lado a otro en su habitación, mordiéndose la uña del pulgar, impaciente. Había logrado expulsar a Valentina, sí, pero había un cabo suelto que le molestaba como una piedra en el zapato: no sabía dónde estaba. Valentina no se lo había dicho a nadie, y el silencio de su hermana era inquietante.
—¿Dónde te has metido, hermanita? —murmuró con malicia.
La curiosidad pudo más que ella. Marcó el número de Valentina, esperando que la línea estuviera muerta o que no contestara.
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