Declan se sumergió de inmediato en sus dispositivos, poniéndose al día con montañas de correos, mientras Valentina, arrastrando los pies, se refugió en su habitación. El cansancio del embarazo empezaba a pasarle factura; era un sueño pesado, una bruma que no se disipaba por más que descansara.Sin embargo, la tregua física duró poco. Al despertar por la tarde, mientras intentaba comer algo ligero, una oleada de náuseas violentas la golpeó sin previo aviso. Corrió al baño, sintiendo que el mundo le daba vueltas, y permaneció allí, aferrada al lavabo, sintiéndose lánguida y desestabilizada.—¿Valentina? ¿Estás bien? —la voz de Declan, cargada de una preocupación que ya no intentaba ocultar, sonó tras la puerta.—Estoy bien... solo ha sido un ligero mareo, nada de otro mundo —respondió ella, intentando quitarle hierro al asunto mientras se enjuagaba la cara.—No me suena a que estés bien. Hablaré con tu doctora ahora mismo para que te recete algo —sentenció él.Declan no aceptó un "no" p
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