En la mansión Fairchild, se sentía el resentimiento de Arthur Fairchild, que caminaba por los pasillos; los recorría con la furia de un hombre que sentía que su legado había sido manchado de forma irreparable. Al llegar a la habitación de Valentina, abrió las puertas de par en par, señalando el interior con un dedo tembloroso por la rabia.
—¡Saquen todo! —rugió Arthur a los empleados que lo seguían—. No quiero ver ni una sola prenda, ni un solo libro, ni un solo recuerdo de esa mujer en esta ca