El aire en el pequeño apartamento de Mila parecía haberse agotado de golpe. Valentina sostenía el teléfono contra su oreja, pero su brazo ya no tenía fuerza; el dispositivo temblaba al ritmo de su pulso acelerado. Sus ojos, antes llenos de la chispa de la indignación, ahora estaban dilatados, fuera de órbita, recorriendo las paredes sin ver nada en absoluto.—Cálmate, por favor —Mila intervino de inmediato, dejando caer el cuchillo sobre la tabla de picar y corriendo hacia ella—. Valentina, mírame. Estás embarazada, no puedes ponerte de esta manera. Tienes que pensar en ti, en los bebés. Respira.—Es que... ha pasado algo... algo demasiado grave —balbuceó Valentina, su voz era un hilo fino que amenazaba con romperse—. Ha tenido un accidente. Declan ha tenido un accidente.Lo repitió como un mantra, como si pronunciar las palabras pudiera ayudarla a procesar la pesadilla. Empezó a girar sobre su propio eje, buscando su bolso, sus llaves, la salida, pero sus movimientos eran erráticos,
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