El sonido de las sirenas aún no se escuchaba en la distancia, pero el silencio en el Penthouse era ensordecedor. Valentina y Luna habían logrado arrastrar a Declan hasta el sofá de cuero en la sala de estar. Él seguía inconsciente, su rostro pálido contrastando cruelmente con el negro de su camisa.
Valentina estaba arrodillada a su lado, con las manos temblorosas acariciando su frente empapada en sudor frío. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y el terror le oprimía el pecho con tal fuerza que