La luz del alba apenas rozaba la ciudad cuando Verónica Fairchild ya estaba frente al espejo. No era una mañana cualquiera; era el día en que su nombre se grabaría junto al de los Sutton. Con una energía maníaca, ordenó a su equipo de estilistas que no escatimaran en detalles. Cada mechón de su cabello oscuro debía ser una declaración de guerra. Se sentía victoriosa, saboreando de antemano la envidia que imaginaba en el rostro de su hermana ausente.
—Hoy —murmuró Verónica, admirando el diamante