La oscuridad de la habitación de Arthur Fairchild se rompió con un jadeo violento. El hombre abrió los ojos de par en par, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. El sudor frío le empapaba la frente. Había sido apenas un parpadeo, una cabezada involuntaria en su sillón, pero el tiempo suficiente para que ella regresara.
En su mente, el recuerdo se proyectaba con una nitidez aterradora. Aquellos ojos cafés, profundos y cargados de una tristeza que él nunca pudo