El pequeño apartamento de Mila no tenía los lujos del Penthouse de Declan ni la frialdad aristocrática de la mansión Fairchild, pero tenía algo que Valentina no había sentido en mucho tiempo: calor de hogar.
Valentina estaba sentada en el borde de un sofá desgastado, con las manos aferradas a una taza de té caliente que Mila le había preparado. Sus ojos estaban rojos e hinchados, y el maquillaje corrido le daba un aspecto de muñeca rota. Mila, respetuosa y prudente, se movía por la sala pequeña