El día llegó con una prontitud inesperada, aunque anticipada en las sombras de la mente de Declan. El sol apenas se filtraba por las cortinas del estudio cuando Marc Belmont, su abogado, colocó la carpeta de cuero sobre el escritorio de caoba. El sonido fue sordo, definitivo, como el eco de una sentencia. Declan observó los documentos. Todo estaba redactado a la perfección, sin errores, sin cláusulas ambiguas. Era un divorcio limpio, rápido y devastadoramente eficiente. No había ni más ni menos de lo acordado, pero al tomar el bolígrafo, sintió que el metal le quemaba entre los dedos. Su mano se detuvo a milímetros del papel. Una voz interna, desesperada y furiosa, le gritaba que soltara la pluma, que rompiera esos papeles y corriera a buscarla. Le decía que hiciera las paces, que le suplicara perdón y que enfrentaran la vida juntos, incluso con el tumor, incluso con la incertidumbre de la muerte acechando. "No seas cobarde", susurró su conciencia. "Déjala entrar". Pero el miedo ga
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