El aire en el pequeño apartamento de Mila parecía haberse agotado de golpe. Valentina sostenía el teléfono contra su oreja, pero su brazo ya no tenía fuerza; el dispositivo temblaba al ritmo de su pulso acelerado. Sus ojos, antes llenos de la chispa de la indignación, ahora estaban dilatados, fuera de órbita, recorriendo las paredes sin ver nada en absoluto.
—Cálmate, por favor —Mila intervino de inmediato, dejando caer el cuchillo sobre la tabla de picar y corriendo hacia ella—. Valentina, mír