En la penumbra de la habitación principal, el sonido de los propios sollozos de Valentina se fue apagando poco a poco, no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque la supervivencia se impuso. Miró la bandeja de comida que Luna le había dejado; el vapor de la sopa ya no subía, pero el aroma seguía allí, recordándole que no estaba sola en ese cuerpo. Se llevó las manos al vientre, sintiendo una patada suave, casi imperceptible, que funcionó como un ancla a la realidad. —No puedo derrumbarme —susurró con la voz ronca, secándose las lágrimas con el dorso de la mano de manera brusca—. Si él decide rendirse, si él decide ser un cobarde y ocultarse, yo no puedo hacer lo mismo. Ustedes me necesitan entera. Se levantó de la cama con movimientos mecánicos y fue al baño. Abrió el grifo y se echó agua helada en la cara, lavando el rastro de la humillación y el miedo. Al mirarse al espejo, sus ojos seguían rojos e hinchados, pero había una nueva dureza en su mandíbula. Decidió fingir. F
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