—Pobrecita... —pensó, mirándola con profunda lástima—. Debe estarla pasando muy mal para que ni siquiera dormida pueda encontrar paz.
No quiso despertarla para no asustarla más, así que se quedó allí unos minutos, velando su sueño hasta que la respiración de Valentina se calmó un poco, deseando poder hacer algo más que solo ofrecerle un techo.
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba tímidamente por la ventana. Valentina se despertó sintiéndose desorientada, pero la realidad de su situació