El sonido del maletín de cuero del doctor Albiol cerrándose sonó como un veredicto judicial.—Todo está en orden, señora Castillo —dijo, ajustándose las gafas—. La incisión ha cicatrizado perfectamente. El útero ha vuelto a su tamaño. Físicamente, es usted una mujer nueva.Lorenzo estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la luz de la tarde. No había dicho una palabra durante el examen, pero su presencia había llenado la habitación, pesada y expectante.—¿Entonces? —preguntó Lorenzo, sin mirar al médico.—Entonces... —El doctor carraspeó, incómodo—. Se levanta la restricción de cuarentena. Pueden reanudar la actividad física normal. Con... precaución, por supuesto.—Gracias, Albiol. Puede retirarse.El médico salió rápido, sintiendo la electricidad estática en el aire.La puerta se cerró.Lorenzo se giró hacia mí.Llevaba cuarenta días esperando este momento. Cuarenta días de abstinencia forzada, de mirarme dar el pecho con hambre, de tocarme solo con la punta de los dedos.Cami
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