Lorenzo sostenía el certificado de nacimiento falso como si fuera las Tablas de la Ley.
—Es mío —repitió, desafiante, bloqueando la puerta de la unidad de neonatos con su cuerpo—. Y no voy a permitir que nadie le saque sangre a mi hijo para satisfacer la curiosidad de dos perdedores.
Mateo dio un paso adelante, con los puños cerrados. Alejandro sollozó en silencio. La técnico de laboratorio miraba la escena aterrorizada, abrazando su carrito de muestras.
Yo respiré hondo. El dolor de la cesárea