La Catedral de la Almudena olía a incienso y a hipocresía de alta costura.
Me miré en el espejo de la sacristía antes de salir. Llevaba un traje de chaqueta blanco de Chanel, entallado hasta la asfixia.
Debajo, una faja postparto de grado médico me apretaba las costillas y la cicatriz de la cesárea, moldeando mi cuerpo roto para que pareciera el de una virgen inmaculada que nunca había sangrado.
Me dolía todo. Me dolían los pechos hinchados de leche. Me dolía el útero. Me dolía el alma.
—¿Estás