El teléfono de Alejandro seguía en su mano, mudo, con la pantalla negra.—Papá... —repitió, pero nadie respondió.Entonces, oímos el golpe.No fue en la puerta principal. Fue en la puerta de servicio, la que daba a la cocina y al jardín trasero.Un golpe seco, pesado, como un saco de carne chocando contra la madera.¡PUM!Mateo sacó su navaja. Alejandro se levantó, temblando.—Quedaos aquí —dije, agarrando la Glock que habíamos recuperado del sofá.Bajé las escaleras corriendo, con el corazón en la garganta. Atravesé el salón lleno de humo y cristales rotos. Llegué a la cocina.Otro golpe. Más débil esta vez. Y un rasguño, como uñas buscando agarre.Quité el cerrojo. Abrí la puerta.Una figura se desplomó hacia dentro, cayendo sobre las baldosas frías.Olía a carne quemada, a gasolina y a muerte.Lorenzo Castillo.Su esmoquin era jirones de tela negra pegados a la piel. Tenía la cara cubierta de hollín y sangre seca. El pelo, su perfecto pelo plateado, estaba chamuscado en un lado. Su
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