Despertar de una cesárea es como volver de la guerra con el cuerpo cosido a la mala.
Abrí los ojos en una habitación que no era el quirófano. Era una suite privada, con paredes color crema y flores frescas que olían a disculpa cara.
Al intentar moverme, un dolor agudo y ardiente me atravesó el bajo vientre, como si me hubieran cortado por la mitad y me hubieran vuelto a pegar con fuego.
Gemí.
—Quieta —dijo una enfermera que estaba ajustando el suero—. La anestesia está bajando. Le dolerá.
—¿Dón