El año 1901 no entró en la mansión de los Filipo-De la Croix con la esperanza del nuevo siglo, sino con el aroma fúnebre del incienso y el frío metálico de la traición. La propiedad, una joya arquitectónica de piedra gris y gárgolas que vigilaban los Alpes, se había convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas vivas eran sacrificadas sin piedad.Maria Filipo-De la Croix, la Gran Matriarca, observaba desde su ventana el jardín cubierto de escarcha. Sus manos, adornadas con anillos de zafiros que habían pertenecido a su madre, sostenían una carta sellada con cera negra. Para ella, el amor era una enfermedad de la casta baja, una debilidad que contaminaba la pureza del linaje. Beatriz, su nieta más ambiciosa y hermosa, había cometido el error de entregar su corazón a Ewan, un joven de rango menor cuya única riqueza era una lealtad inquebrantable y un vínculo de pareja destinada que brillaba con la fuerza de mil soles.—La sangre se limpia con sangre —susurró Maria para sí misma,
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