El año 1900 se cerraba como un libro encuadernado en piel y sangre. En la Mansión del Este, el nacimiento de Andrea Filipo no fue recibido con la calidez de un hogar, sino con el escrutinio clínico de quienes diseccionan una presa. Maria, la Matriarca de mirada gélida, observaba la cuna de caoba y seda con una mezcla de triunfo y sospecha.El Juicio de la SangreApenas una semana después del parto, las dos grandes Matriarcas se reunieron en el solario, donde la luz del invierno filtrada por los cristales victorianos acentuaba cada arruga de sus rostros severos. Maria sostenía al niño, cuya piel era de una palidez de alabastro, casi traslúcida, en contraste con el vello plateado que coronaba su cabeza.—Es una criatura inquietante, Maria —comentó Valeria, ajustándose los guantes de encaje negro. Sus ojos, expertos en detectar la mentira, recorrieron los rasgos del bebé—. Kael es un hombre de facciones toscas, de una estirpe de siervos con sangre espesa y oscura. Este niño... este niño
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