En el auto, no solté a Leo ni un segundo.Lo tenía abrazado contra mí, como si temiera que si lo soltaba, desaparecería otra vez. Él no se quejó. No se apartó. Solo se quedó quieto, con la cabeza apoyada en mi costado, mirando por la ventana.Alexander conducía en silencio. De vez en cuando me miraba por el retrovisor, pero no decía nada. Sabía que este momento era solo nuestro.Cuando el auto se detuvo frente a la mansión, Leo levantó la vista. Sus ojos recorrieron la fachada, los jardines, las rejas altas. No dijo nada, pero sentí cómo su cuerpo se tensaba. Además de eso la cantidad de guardias que custodian el jardín no deja de ser impresionante.—Es enorme —murmuró.—Sí —respondí—. Pero dentro es más acogedora. Y hay alguien que quiere conocerte.Bajamos del auto. Leo se quedó pegado a mi lado, sin soltar mi mano. Caminamos hacia la entrada. Mika estaba esperando en la puerta. Cuando nos vio, sus ojos se iluminaron como dos estrellas.—¿Quién es él? —preguntó Leo, mirando a Alexa
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