Después de tantas horas de viaje, el asfalto desapareció.El auto tomó un camino empedrado, irregular, que se adentraba en el bosque. Para ese momento, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos suaves, y la luz se filtraba entre las copas de los árboles, creando un paisaje casi irreal.Era hermoso.El bosque se volvía cada vez más denso, más profundo… más aislado.Pero no daba miedo.Daba paz.Mika iba en el asiento trasero, comiéndose una fruta que Alexander le había dado. Miraba por la ventana con los ojos abiertos de par en par, como si el bosque fuera el lugar más maravilloso del mundo.Después de subir una pequeña colina, la vi.La cabaña se alzaba en medio de un claro. Dos pisos de madera, con un porche amplio y ventanas que reflejaban los primeros rayos del sol. Desde afuera ya se veía magnífica.—Wow… —murmuré sin poder evitarlo.El auto se detuvo y Mika bajó de inmediato, lleno de energía.—¡Papá!—No corras —le advirtió Alexander, aunque ya era tarde.Sonreí levemente
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