Volví al día siguiente.
No estaba segura de que quisiera verme otra vez. No estaba segura de nada. Pero no podía quedarme esperando. Tenía una semana. Solo una semana.
Pero volví y no sabía si era valentía… o pura desesperación.
La sala era la misma. La misma luz, los mismos sillones de cuero, el mismo olor a limpio. Yo esperaba sentada, con las manos apretadas sobre las rodillas.
Esta vez no me temblaban las manos. No porque estuviera tranquila. Sino porque ya no tenía nada más que perder.
La