Estábamos de pie, frente a frente, en el mismo lugar donde hacía unas horas todo había sido distinto.—Me siento como un idiota. Como un maldito idiota —dijo Alexander, con la voz fría, los brazos cruzados sobre el pecho—. Me mentiste desde el principio.Tragué saliva.—No fue así——No quiero explicaciones.Me cortó. Seco. Frío.—Alexander, escúchame——No —repitió, esta vez más firme—. No ahora.Su mirada era distinta.—Necesito tiempo.El silencio que siguió fue incómodo.—¿Tiempo para qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.—Para pensar.No supe qué decir. Nunca lo había visto así. Se sentía perdido, lejano.No insistí más, asentí. Me vestí y salí de su habitación con toda la fuerza que me quedaba.Esa noche, durmió en su despacho. Y la noche siguiente. Y la siguiente.Ese lugar se convirtió en su refugio. Y yo… en algo que evitaba.Pasaron los días. La casa era un mausoleo. Los niños notaban la tensión, pero no preguntaban. Yo intentaba mantener la normalidad. Él, desaparecía
Leer más