EMELY.Sentí cómo la presión en mi mente disminuía cuando Varko se alejó un par de pasos. El inmenso lobo negro sacudió su pelaje, y en un parpadeo, la imagen volvió a distorsionarse. Fue un proceso rápido, pero no menos impresionante: el pelaje se retrajo, los huesos volvieron a crujir buscando su lugar original y, en cuestión de segundos, Olivar estaba de pie frente a mí, desnudo bajo la luna, recuperando su aliento humano.Él no dijo nada de inmediato. Con movimientos mecánicos y precisos, comenzó a vestirse, ignorando el frío que a mí me hacía temblar. El silencio que se instaló en el pastizal era absoluto, solo roto por el roce de la tela de su camisa contra su piel.Me puse de pie lentamente. Mis piernas aún temblaban, pero sentía una fuerza nueva, una estabilidad que no tenía hace diez minutos. Cerré los ojos y respiré profundamente, llenando mis pulmones con el aire gélido de la noche. Ya no podía engañarme. El rastro del ronroneo de Varko todavía vibraba en la palma de mi man
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