OLIVAR.Abrí los ojos lentamente. Emely estaba profundamente dormida, con la cabeza apoyada justo sobre mi corazón. Durante la noche, el frío del clima de la Cima la había vencido, obligándola a buscar el único refugio que tenía a mano. Su rostro estaba relajado, despojado de la rabia y el miedo que me había mostrado horas antes, y su cabello castaño se esparcía sobre mi piel como hilos de seda.Mi lobo estaba en un estado de éxtasis absoluto. Podía sentirlo ronronear dentro de mi pecho, una vibración de satisfacción que nunca antes había experimentado. Nuestra, rugía en mi mente. Finalmente, la Luna es nuestra.Sin embargo, mi cuerpo no era tan paciente como mi orgullo. Sentir su suavidad presionada contra mis músculos tensos hacía que mi deseo siguiera vivo, más fuerte y salvaje que la noche anterior. Mi miembro, todavía erecto, pulsaba bajo la sábana con una urgencia que me costaba controlar. Quería poseerla, quería marcarla, quería que cada fibra de su ser supiera que me pertenecí
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