La escalera de caracol terminaba en una bóveda inmensa.No había antorchas. No había fuego.Pero había luz.En el centro de la cripta, sobre un altar de piedra negra, estaba Luna.Mi hija no lloraba. Estaba sentada, con las piernas cruzadas, brillando con una intensidad nuclear. Su piel emitía destellos dorados que quemaban el aire viciado de la tumba.A su alrededor, una docena de vampiros de élite se retorcían en el suelo, cubriéndose los ojos, chillando como ratas expuestas al sol del desierto.—¡Apágala! —gritaba uno, con la piel humeante—. ¡Nos quema!Valerius estaba al fondo, pegado a la pared más oscura, envuelto en su capa. Su cara, ya quemada por mi sangre, ahora se estaba ampollando por la radiación de mi hija.—¡Valeria! —gritó Valerius al verme entrar con mi manada—. ¡Llévatela! ¡Es un demonio blanco!Kael saltó de mi espalda.Corrió hacia el altar. Las sombras del suelo se apartaron para dejarle paso.—Hermana —dijo Kael.Luna lo miró. Su luz se suavizó, volviéndose cálid
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