Aterrizamos en la nieve profunda con un impacto sordo.El frío me mordió las piernas desnudas, pero mi sangre ardía tanto que derretía el hielo al contacto.Me levanté, sacudiéndome la escarcha del vestido rojo hecho jirones.—¡Arriba! —gritó Mateo, ayudándome a ponerme en pie—. ¡Vienen por las paredes!Miré hacia el Castillo de Hielo.Cientos de sombras negras descendían por los muros verticales como insectos. Vampiros. Pálidos, rápidos y sedientos de la sangre que Valerius no había podido beber.—¡Formación! —rugió Rafael.La Bestia se transformó por completo. Su ropa se rasgó, dando paso a un lobo gris gigantesco, del tamaño de un caballo de guerra.Damián sacó sus cuchillos, manchados todavía con la sangre seca de Goliath.Magnus, el Rey caído, se arrancó lo que quedaba de su túnica de seda. Quedó con el torso desnudo al viento helado. Sus runas violetas brillaron.—Hoy cenamos frío —dijo Magnus, y sus garras de Lycan Puro se extendieron.Los vampiros llegaron al suelo.El choque
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