La escalera de caracol terminaba en una bóveda inmensa.
No había antorchas. No había fuego.
Pero había luz.
En el centro de la cripta, sobre un altar de piedra negra, estaba Luna.
Mi hija no lloraba. Estaba sentada, con las piernas cruzadas, brillando con una intensidad nuclear. Su piel emitía destellos dorados que quemaban el aire viciado de la tumba.
A su alrededor, una docena de vampiros de élite se retorcían en el suelo, cubriéndose los ojos, chillando como ratas expuestas al sol del desier