Aterrizamos en la nieve profunda con un impacto sordo.
El frío me mordió las piernas desnudas, pero mi sangre ardía tanto que derretía el hielo al contacto.
Me levanté, sacudiéndome la escarcha del vestido rojo hecho jirones.
—¡Arriba! —gritó Mateo, ayudándome a ponerme en pie—. ¡Vienen por las paredes!
Miré hacia el Castillo de Hielo.
Cientos de sombras negras descendían por los muros verticales como insectos. Vampiros. Pálidos, rápidos y sedientos de la sangre que Valerius no había podido beb